Inmigrante

En Palermo, Inmigrante conjuga de maravillas lo mejor de la cocina de nuestros ancestros españoles e italianos con la reinvención joven y fresca de su creador.

Por Esteban Goldammer / gauchods

Puele decirse que los inmigrantes llegaban a “hacerse la América”, aunque con el paso de los años y ante la clara evidencia, podríamos decir que esta visión no contempla el legado enorme que estas comunidades nos han dejado. Italianos y españoles llegaron a partir de 1860 trayendo consigo costumbres, sabores, música y tradiciones que, sin dudas, han enriquecido nuestra cultura y convertido esta llegada en un magnífico intercambio.

Parte de esa preciada herencia es la que tuvimos la chance de disfrutar en Inmigrante, el restaurante palermitano que desde hace apenas un año convoca con una propuesta que rescata lo mejor del legado gastronómico italo-español para recrearlo con novedosas técnicas de cocción y la experiencia y pasión de su creador: el chef Leandro Di Mare.

Inmigrante entonces viene a ser algo así como un clásico bodegón, de esos que siempre fueron convocantes, pero con un toque moderno, cool y recetas que tienen una vuelta de tuerca que los hace especiales y únicos.

Una breve charla con Leandro nos habla de esa herencia, de la familia italiana, de padre, madre, esposa y hermanos que trabajan todos (cada uno con sus tareas) para llevar adelante Inmigrante. También nos enteramos de que tiene un pasado de 15 años en la gastronomía, donde destaca su tiempo en Tarquino. Pero si hay algo que deja traslucir ese breve intercambio de palabras es la pasión, la misma que se observa en la cuidada ambientación del lugar, en la iluminación tenue pero suficiente, en la música que permite la conversación, en la presentación de los platos y en la amabilidad de todo el personal.

Después van llegando los platos, donde uno reconoce los genes pero se sorprende en la reinvención. Unas mollejitas cocidas al vacío durante cinco horas, salsa gremolatta, peras en Cinzano Rosso, picles de vegetales y mostaza casera, conviven con la sopa del día (la que probamos era de maíz y verdaderamente exquisita) o unos boconccinos fritos acompañados de una salsa pomodoro de esas que uno se llevaría a casa. Y aquí otra buena noticia, porque Inmigrante va más allá y es posible llevarse salsas embotelladas (hoy a pedido) y dulce de leche (podemos asegurar que vale la pena).

Se pueden seguir mencionando platos y el resultado será el mismo: placer absoluto. El matambre de cerdo a la parrilla con batatas caramelizadas en azúcar negra, puré de manzanas, puerro quemado y salsa gremolatta de limón, es verdaderamente increíble, aunque recomendarlo por sobre otro plato implicaría privarse de un sabor igual o superior. Es importante destacar que las porciones son buenas, por lo que deberán sucederse las visitas para poder saborearlas a todas. Quedarán los postres, donde un flan de 20 yemas con crema y el “pronto famoso” dulce de leche, o la crema catalana o los churros con chocolate, dejarán ese gusto dulce de la visita.

Al final de la velada, se puede asegurar que el legado de esos italianos y españoles que llegaron al país fue enorme. Y bien vale la pena celebrarlo en Inmigrante.

inmigrante.com.ar

Este año, pasas.

Me propuse cumplir el ritual con minuciosidad. Doce pasas de uva y doce deseos para el nuevo año que comenzaría en escasos segundos. Como sucede con estas tradiciones, uno no las cuestiona, las obedece y espera que el milagro suceda. Arranqué pensando en los seres queridos, en la salud, en la felicidad. Pero con el correr de las pasas, los pedidos se fueron tornando más egoístas y superfluos, tal vez como resultado de la abundancia de posibilidades o la amplitud de los primeros deseos. En silencio y concentrado en cada bocado, yo seguía con la consigna. La pasa número once correspondió al dinero y si bien no soy un tipo materialista, en ese momento así me sentí. Cuando llegué a la doceava, el brindis familiar me distrajo. No recuerdo el anhelo vinculado a la misma, sólo el recorrido errante de la fruta deshidratada y la epiglotis burlándose de mis intenciones. El atoro, la falta de aire, la tos que sobrevino justo antes que la abuela levantando mis brazos y gritando “San Blas, San Blas”, marcaron el fin del ritual. Sólo espero que el suceso no singularice mi año.

Económicamente amando (poema)

Paseó su ausencia delante de mí
perfumada de encajes y desaires.
Desnudó verdades
insufladas de vacío,
ecos de existencias miserables.
Oscuros egoísmos,
inconsolables temores,
sepultados entre próceres.
Blandió el metal
con vileza extrema
y en certeras estocadas
sentenció la agonía.

Testigos del amor

En memoria de Hugh Hefner

Augusto Calegario Pinto era un gran fornicador. Entiéndase bien, no estoy hablando de amor, una palabra casi desconocida para él, un sentimiento que le era bastante esquivo. Para ser más exacto, debería decir que en la fornicación se agotaba su voluntad, su mundo y su esencia. Y para ser del todo preciso y no faltar ni un ápice a la verdad, debo corregirme y afirmar que era un tipo solitario. Es decir, lo suyo iba más por el lado de la autosatisfacción. Estoy seguro de que no faltará el que ponga cara de asco y hasta se convierta en juez de las acciones y deseos privados. Y digo esto porque Augusto tuvo que convivir con muchos de estos seres pacatos que, imbuidos en vaya a saber qué autoridad episcopal, lo sentenciaron al aislamiento. Paradojas de la vida, porque en esa condición era más feliz que nunca.

Hasta que llegó Elba. Así casi sin querer, porque bien podría haber sido Clemente u Oscar, los otros dos Testigos de Jehová que también andaban timbreando esa mañana por la zona de Flores. Pero no, fue Elba, como si el destino o el mismísimo Jehová así lo hubieran dictaminado, como si se hubieran escuchado los mudos pedidos de clemencia de ese cuerpo gastado, testigo de incontables batallas y “proezas” dignas de un ser, cuando menos, particular.

Fue la mañana de un 3 de noviembre, con esos aires frescos que duran apenas para acompañar el primer termo de mates, cuando se escucharon los timbres del A, B y C en el modesto ph de la calle Bacacay. El A se percibió con fuerza, mientras que los otros apenas fueron ecos en la profundidad del pasillo. La agitación de Augusto al abrir la puerta contrastó con la calma de aquella mujer de mirada ensoñadora y rasgos delicadamente finos que, blandiendo una Biblia, comenzó a invocar a Cristo. Las palabras fluían y una fuerza mística se colaba por el umbral encajando en el rompecabezas de aquella humanidad necesitada de paz. Un bálsamo religioso, femenino e inconscientemente maternal lo acarició profundo, tanto que acordó acercarse al templo en la semana.

A partir de ese día, Augusto Calegario Pinto comenzó a acercarse a Dios y a Elba. O mejor dicho, a Dios para llegar a Elba. Dos veces por semana se hacía presente en el templo y otras tantas se “encontraba” con su profetisa en la soledad de su hogar. Imaginó situaciones, soñó placeres que entendía negados por los dictámenes del texto bíblico y los matizaba con su esfuerzo por convertir en rutina la práctica religiosa a la espera de una oportunidad real. No pasó demasiado para que el contacto físico se presentara como necesario. Y con una energía y desenfado que atribuyó al Señor, se hizo del coraje para insinuarle la idea a la creía su salvadora. Lo atribuyó a un “milagro del Señor”, Elba no dudó, aunque se mostró dubitativa quizás como parte de una estrategia que en este caso resultaba absolutamente innecesaria. Salieron del templo, caminaron las calles de Flores con premura adolescente y como si el fin del mundo se anunciara prontamente, encadenaron cada acción aquella tarde, noche e incluso hasta la mañana siguiente. El cuerpo entrenado de Augusto, acostumbrado a monólogos cortos, extensos, de todo tipo, fue hilvanando los placeres de aquella fémina que respondía con idéntica fiereza.

El amanecer los sorprendió abrazados, si es que en algún momento dejaron de estarlo. Sin mediar demasiadas palabras, apenas unas sonrisas extasiadas y un beso que aún perdura en la memoria, Elba tomó sus cosas y se marchó. Pero no sólo de aquel ph, sino del templo, del barrio y hasta muy posiblemente de la faz de la Tierra. Augusto la buscó y aún hoy suele hacer un alto en sus prácticas onanistas para frecuentar nuevos templos a la espera de encontrarla. Y aún hoy corre presuroso a la puerta cada vez que suenan el A, B y C de la calle Bacacay al 2300.

Lluvia de emociones.

Nunca supo bien en qué momento sucedió por primera vez. Sus padres lo tomaron siempre con esa mezcla de naturalidad y encubrimiento con que suelen manifestarse los mayores respecto de sus hijos y esas acciones que escapan a las conductas habituales de un niño. Expresiones como “ya va a pasar”, es “pura casualidad” o alguna más trivial como “déjate de pelotudeces”, se volvieron costumbre dentro de la familia y amistades cercanas. Lo que le sucedía no era tan grave, pero lo distinto siempre asusta y, como si se tratara de un cadáver, los esfuerzos se concentraban en ocultarlo. Así, prácticamente durante toda su infancia, Milena convivió con silencios y mucha mentira, piadosa, pero mentira al fin.

La adolescencia trajo claridad únicamente sobre la cuestión, porque sobre su existencia (y la de todos) se repetía la oscuridad y la desazón que anticipa la tormenta. Y nunca más acertada la expresión porque justamente en esta etapa de la vida que los libros muestran como más conflictiva que el resto, es cuando entre llantos y más llantos Milena descubrió la verdad. Ya no era casual que apenas comenzara a lagrimear, las gotas cambiaran la fisonomía de ciudades, campos, playas o el sitio exacto donde ella se encontrara. ¡Si hasta parecía olerse la lluvia ante su cambio de ánimo! Sentimientos como el amor, la traición, el dolor, la risa, la compasión, podían atesorar garúas o tempestades. Con igual facilidad, ella podía nutrir los campos o anegarlos por completo, así como convertir un día soleado en un mar de nostalgia.

Con el tiempo y mucho esfuerzo, como si la vida misma la hubiera obligado, la joven comenzó a controlar sus sentires. Se preocupó por dosificar sus emociones. Ya no lloraba por nimiedades, incluso hasta era capaz de contener el llanto. Creció. Y las lluvias se volvieron ocasionales, tanto que ella y su increíble capacidad comenzaron a pasar desapercibidas o lo que es peor, a carecer de importancia para la mayoría. Hoy ya nadie se asombra, emociona o entristece por una llovizna, una tormenta eléctrica o una lluvia torrencial acompañada de aludes. Nadie excepto yo, que sé de la existencia de Milena.

Mendoza, con encanto cuyano.

Imposible no dejarse atrapar por la fascinación de las vides, pero nuestra visita a Mendoza nos permitió apreciar muchas de las otras propuestas que exhibe la ciudad y sus alrededores.

Posiblemente después de conocer nuevos destinos, lo que más motive un viaje son las vivencias y las anécdotas que surgen a partir de él. En ese sentido, nuestro viaje a Mendoza nos tenía deparadas una abundancia tan grande como las montañas y la enorme cantidad de cultivos de vides que nos esperaban allí.
Motivados por una experiencia distinta y aprovechando las vacaciones, emprendimos el viaje hacia Mendoza en auto, algo un tanto atípico para nosotros y, sin dudas, lo que generó algunas situaciones que quedarán en el recuerdo de todos los participantes de esta gran aventura.
Para empezar, debemos decir que el clima al salir de Buenos Aires no acompañó. La lluvia si bien no era copiosa, pareció serlo cuando a los doscientos kilómetros el limpiaparabrisas dejó de funcionar. Fue el momento en que una papa (sí, una papa) tomó protagonismo gracias a sus comprobadas virtudes para lograr que el agua patine más fácilmente. Pero claro, no hace milagros y debimos detenernos en una estación de servicio a la espera de que las condiciones climáticas nos permitiesen continuar, cosa que sucedió recién a las dos horas.
Con la idea de disfrutar de las vacaciones desde el primer momento, teníamos prevista una parada en San Luis, que se presentó como un verdadero oasis en la ruta. Después de conducir 800 kilómetros, de vivir la experiencia del limpiaparabrisas y del desperfecto sufrido por el auto que iba en caravana con nosotros (se le rompió la caja de cambios), el hotel Vista Suites Spa & Golf, con su pileta climatizada en el último piso, resultó un verdadero bálsamo al final de día.

Montañas de vides
Al día siguiente, después del desayuno, emprendimos el último tramo del viaje. No bien entramos en la provincia de Mendoza, el paisaje comenzó a cambiar. No tanto por la aridez, que se mantenía, sino por los verdes cultivos de uvas y bodegas que se apostaban al costado del camino y que con las altas cumbres nevadas de fondo, nos otorgaban una postal típica de provincia cuyana.
Por supuesto, el vino y las bodegas estaban dentro del programa y fue así como días después nos entregamos a Dionisio y sus placeres a través del Wineries Bus. Este tour con el sistema Hop-on Hop-off permite recorrer once bodegas (López, Trivento, Vistandes, La Rural, entre otras), la Olivícola Maguay y puntos de interés del departamento de Maipú.
Para los más aventureros, está la opción de recorrer las bodegas en bicicleta que, por supuesto, tiene su atractivo, aunque imaginamos cierta dificultad después de la tercera degustación. Una alternativa para despuntar el vicio del biking puede ser optar por recorrer los viñedos en este medio de transporte, opción que ofrecen algunas de las bodegas del recorrido. Como sea, entender acerca del cultivo y cosecha de las vides, conocer su proceso y sobre todo catar el producto terminado, resulta uno de los grandes atractivos de Mendoza.
No lejos en lo que a placer respecta, la visita guiada a la olivícola nos resultó sumamente didáctica para entender el cultivo y el clima de esta zona. Nos sorprendió saber que el desierto del Sahara tiene 140 mm de precipitaciones anuales y Mendoza tan sólo 200 mm, por lo que hay un régimen de riego público sumamente controlado y los productores buscan autoabastecerse de agua (cosa que no es fácil) porque suele no ser suficiente. Aún así el vino y las aceitunas cautivan a turistas de todo el mundo y como era previsible nos “obligó” a subir al bus con sendos productos para disfrutar en Buenos Aires.

Budeguer
Y si hablamos de vinos, casi una visita obligada es la de Bodega Budeguer, en Agrelo-Luján de Cuyo. Vale la pena visitar esta nueva bodega boutique, que además de ofrecer una vista espectacular de las montañas reflejadas sobre su reservorio, cautiva paladares con vinos reserva como Tucumen y 4000. Reconocida por su imagen excéntrica e innovadora, logra atrapar las miradas en cada detalle del recorrido. Esta bodega está equipada con lo último en tecnología, piletas de hormigón y acero inoxidable, además de 350 barricas de roble francés y americano. Nos pareció interesante su sistema contra heladas de riego por micro aspersión (el primero de esta naturaleza en el país) que protege sus 25 hectáreas de Malbec. La visita a Budeguer resulta una experiencia por demás gratificante, porque desde un primer momento a uno lo hacen sentir cómodo. En una construcción moderna y después de recorrer el viñedo y aprender un poco de teoría y mucho de pasión, uno puede degustar los vinos casi como si se tratara de una reunión de amigos. Una visita relajada y acompañada de vinos que reflejan el sentirse en la hermosa Cordillera de Los Andes. www.budeguer.com

Desde Maipú, adrenalina y relax.
En esta oportunidad, a diferencia de las anteriores, optamos por hospedarnos en Maipú, exactamente en el kilómetro cero de la llamada Ruta del vino. Allí se encuentra el Esplendor Mendoza, ubicado dentro del complejo Arena Maipú, lo que permite disfrutar de cinco cines, cinco restaurantes, una disco-bar (sólo en invierno), casino estilo Las Vegas, supermercado, además de los servicios del hotel.
Nos resultó cómodo estar alejados de la vorágine de la ciudad y al mismo tiempo tan cerca de ella y de los otros destinos que fuimos visitando durante la estadía.


Así es como una mañana tomamos rumbo a Potrerillos. Nos habían hablado de este pequeño paraíso enclavado al pie de la Cordillera de Los Andes, a 70 km de la capital mendocina. Allí el embalse construido para atenuar las crecidas del río Mendoza, mejorar el riego y generar energía, creó una laguna que invita a ser disfrutada a través de los deportes náuticos, un asado o, tan sólo, una mateada a la orilla del agua. El paisaje es imponente, el espejo de agua cambia su color en función del cielo y las nubes y el reflejo de las montañas sobre la superficie aportan una visual que no cansa, por más que se pasen horas mirándola.
Para los amantes de la adrenalina, la tentación está remontando el río. Allí Argentina Rafting invita a los corajudos a descender las aguas turbulentas con niveles 1, 2 3 y 4 (el máximo es 5) con el remo en mano y la risa y el temor a flor de piel. La experiencia es única y basta bajarse del gomón para querer hacerlo nuevamente o anticipar una visita segura en el próximo viaje a Potrerillos. Para los que se quedan con ganas de más, el circuito de canopy desarrollado por esta operadora de deportes extremos y los largos cables de acero atravesando el río Mendoza, seguramente satisfarán con creces esa necesidad.
Después de tanta actividad, era preciso amenizar con un poco de relax. Así que al día siguiente nos dirigimos a las Termas de Cacheuta, donde encontramos toda una infraestructura desplegada para relajar el cuerpo y disfrutar del agua y el sol (por supuesto, con abundante protector solar porque la altura hace que uno esté más expuesto). Allí, entre piletas con agua termal a distintas temperaturas y con el marco inigualable de las montañas y al arrullo permanente del Mendoza (sí el mismo pero más arriba), el lugar ofrece los servicios necesarios para despreocuparse de todo y entregarse al placer.
En verano la afluencia de gente suele ser importante, por lo que si se busca algo más íntimo o tratamientos más profundos, quizás, la mejor opción sea la del Terma Spa (sólo para mayores de 14 años).

De la capital a Chacras de Coria.
La visita a la ciudad comenzó con el pintoresco viaje en Metrotranvía, como llaman al tren eléctrico que tiene como cabeceras a la Estación Gutiérrez en Maipú y Mendoza en la city mendocina. Nosotros descendimos en Parador Aguas, más próximo a la Plaza Independencia (la principal) y a la Peatonal Sarmiento, puntos de interés turístico ineludible.
La ciudad sorprende con su amplitud, el aire puro y su ritmo provinciano, aún siendo una de las capitales más importantes del país. La convivencia del Metrotranvía, los troles (funcionan desde 1958), los colectivos y los taxis ya le dan un aire distintivo. A ello se suman las acequias, un sistema de riego antiquísimo heredado de la cultura huarpe, que no sólo acompaña cada calle sino que aún hoy continúa vigente.
Para el visitante primerizo, tal vez aquí también sea recomendable el bus turístico, ya que permite subir y bajar durante 24 hs. y tener una idea general de la magnitud y atractivos de esta capital de provincia. Entre los destacados figuran el Parque Central, el Área fundacional, donde también se encuentra la Iglesia Nuestra Señora de la Merced que contiene la imagen que soportó milagrosamente el gran cismo de 1861 y le valió el nombre de Virgen del Terremoto.
El recorrido del bus también sirve para descubrir que la Av. Arístides Villanueva se encuentra nutrida de restaurantes y bares que por las noches cautivan tanto al turista como al público local. Asimismo, se puede apreciar que el Parque General San Martín merece más de una visita, ya sea para disfrutar del aire y el verde, para sumarse al running o caminatas de los mendocinos que lo utilizan para sus prácticas deportivas o para entregarse a la contemplación de sus jardines con más de 300 especies vegetales de todo el mundo. Este gran parque, que abarca 307 Has. y contiene un lago de mil metros de largo por cien de ancho que se utiliza para deportes náuticos, fue diseñado por Carlos Thays, en 1896. Allí se encuentran varios puntos de interés como el Zoo de Mendoza, el estadio mundialista Malvinas Argentinas, el Anfiteatro Romero Day (sede anual de la Fiesta de la Vendimia) y el Cerro La Gloria que, además del Monumento Homenaje al Ejército de los Andes, ofrece inmejorables vistas panorámicas de la ciudad.


A pocos minutos del centro de Mendoza, se encuentra Chacras de Coria, un pequeño poblado que crece al ritmo de las bodegas, hoteles boutiques, barrios cerrados y una movida chic que lo hacen único. Su plaza central, que aloja una pintoresca iglesia (Nuestra Señora del Perpetuo Socorro) y varios de los bares y restaurantes de la zona que es menester probar aunque más no sea una vez, es destino de los paseos nocturnos veraniegos. Allí mismo los fines de semana (sábados desde la tarde y domingos todo el día), se despliega una feria de artesanías que incluye food trucks y espectáculos a la gorra. Durante el día, Chacras de Coria aloja también un sinnúmero de importantes bodegas mendocinas (de las grandes y las boutique) y es ideal para recorrer sus callecitas de tierra, signadas de añejas arboledas y casonas y remontarse a otra época, así como también dotar a las vacaciones de un aire absolutamente renovador.

turismo.mendoza.gov.ar

Estancia La Candelaria

Estancia La Candelaria, una buena opción para el fin de semana.

Fotos: Gentileza La Candelaria

Algo más de una hora separan Buenos Aires de la localidad de Lobos; la vorágine de la ciudad, de la tranquilidad del campo; los edificios modernos de Puerto Madero, del increíble castillo de estilo francés y las construcciones coloniales. Y la lista podría seguir evidenciando contrastes, porque un fin de semana en la estancia La Candelaria irremediablemente conecta con el pasado, con costumbres y vivencias gauchas, y días y noches regados de un sosiego que se acentúa aún más con los fríos del invierno. Pero es mejor ir de a poco, porque este lugar es para disfrutarlo así: con calma.

En el kilómetro 114,5 de la Ruta Nacional 205, apenas señalizado por un cartel pequeño en la tranquera, se encuentra el acceso a la estancia: un camino de tierra típico de campo que, después de varios postes y vacas de gran tamaño, acerca un portón que anticipa lo que será la visita en cuanto a verdes y vegetación. Flanqueados por casuarinas y eucaliptos añosos, nos fuimos adentrando en la experiencia. Al final del camino esperaban la pulpería, la recepción, los salones y los edificios que albergan algunas de las habitaciones, ya que las otras se encuentran en el castillo, donde nos alojaríamos nosotros. En el salón principal un exquisito asado y el show de malambo y bailes cautivaban por igual a un público compuesto tanto por huéspedes como por asistentes al “día de campo”.

Difícilmente podríamos determinar la hora, pero finalizado el almuerzo nos entregamos al lugar. Unos arcos de fútbol, canchas de tenis y vóley son algunas de las atracciones, pero nuestras inexistentes raíces gauchas nos llevaron hacia la zona del sulky y los caballos, lugar que visitaríamos varias veces durante los dos días. Allí conocimos a Pico, el maestro rural devenido en gaucho durante los fines de semana, que nos guió en la recorrida por dos circuitos ya delimitados para la cabalgata, dentro de las 245 hectáreas diseñadas por Carlos Thays y que incluyen además de pinos, araucarias, casuarinas, eucaliptos, nogales y palmeras, estatuas, fuentes y glorietas que le suman encanto e historia a la estancia.

Para el que no gusta de montar a caballo, están el sulky y las bicicletas (otro de los medios para moverse a toda hora dentro del predio) o las caminatas, que pueden resultar sumamente placenteras. Como sea, el castillo siempre será testigo de nuestros pasos y seguro receptor de más de una visita.

El mismo fue construido en 1904 según diseño de los castillos franceses y con materiales traídos de Europa, incluyendo muebles de estilo, arañas con cristal de Murano, divanes y sillones estilo Chippendale y más. Una recorrida por el interior, nos llevará al salón principal con mesa oval de seis metros, a la sala de billar donde se pueden encontrar además ejemplares de libros de antaño y al salón comedor, donde se sirven desayunos y meriendas colmados de tortas y otras exquisiteces.

En cuanto a decoración, abundan también los vitraux, las lámparas y arañas y las pinturas y objetos que, además de decorar, nos sumergen en una experiencia palaciega. La escalera y los pisos de roble de Eslavonia nos conducen a las habitaciones, donde la magia del lugar se transforma en cuento y llega a los límites del sueño.

La noche nos sorprendió, como suele hacerlo en los cortos días de invierno. El fogón que ardió durante todo el día sin descanso, reunió a varios de los huéspedes alrededor y, otra vez, Pico fue el conductor. El mundo de la música y las milongas campestres que provocaron nuestras risas y el olvido del frío, fueron el preámbulo de la cena en el acogedor salón aclimatado con modernas salamandras con fuego a la vista. No quedaba mucho por hacer, más que deleitarse con un cielo estrellado para entregarse después al abrigo del castillo y al confort de las antiguas camas. El domingo nos despertaría con mucho más de ese placentero campo y la inolvidable experiencia de La Candelaria.

www.estanciacandelaria.com

Manaos, del caucho al verdadero tesoro.

Manaos, la ciudad que hace un siglo brillara gracias al caucho, hoy es la puerta de entrada al tesoro más grande del planeta: la Amazonia.

Textos: Esteban Goldammer  / Fotos: @gauchods y Sandra Cartasso

Llegamos a Manaus (así el nombre en portugués) con verdadera expectativa. Eran las 3 am y el vuelo directo de Gol, recientemente inaugurado, nos acercó a esta ciudad de la Amazonia brasileña que conoció la gloria entre 1890 y 1920. Por aquellos años la fiebre del caucho la convirtió en la primera ciudad de Brasil con luz eléctrica y sistema de acueducto y alcantarillado, además de dotarla de su condición de pionera en el uso del tranvía eléctrico, por delante de Nueva York y Boston.
La temprana hora de arribo nos condujo directamente al hotel. El corto viaje apenas nos permitió reconocer las instalaciones del Estadio Mundialista que, como suele suceder post mundial y con una ciudad que tiene sus equipos en lo que sería una categoría D, tiene hoy poca utilidad. Nos esperaba el Casa Teatro, un pequeño hotel boutique que ya tiene proyecto de ampliación y que destaca no sólo por la cálida atención, sino también por su inmejorable ubicación (a tan sólo 100 metros del Teatro).


Justamente, el Teatro Amazonas es el principal patrimonio cultural del Estado y es considerado el 4º a nivel mundial por su confort, acústica y demás características. Por este motivo recibe la visita de numerosas compañías y es sede anual del reconocido Festival de Ópera del Amazonas. El mismo fue construido durante 15 años con materiales traídos de Europa e inaugurado en 1896. Así como otros importantes edificios de la ciudad (el Palacio Rio Negro -ex Palacio Scholz-, el Palacete Provincial o el Palacio de Justicia), evidencia el lujo y esplendor de la Manaos cauchera, historia que conoceríamos aún más con la visita al Museo del Caucho. Este sorprendente teatro se encuentra emplazado frente a la plaza San Sebastián que para nuestra sorpresa, tiene sus veredas con un juego de ondas blancas y negras idéntico al de las playas de Rio de Janeiro. En puja constante con los cariocas, los manauaras aseguran que estas fueron construidas con anterioridad y remiten a los colores de la arena de extrema blancura y el río Negro.

Caucho, aborígenes y división de aguas
Por la mañana, después del desayuno, nos dirigimos al concurrido puerto de la ciudad, donde además de establecerse dos importantes mercados (el de frutas y verduras y el de pescados) que exhiben la riqueza de esta zona de Brasil, parten y arriban múltiples embarcaciones. Allí, a bordo del barco de Amazon Explorers, navegamos las oscuras aguas del río Negro, el mismo que en 2012 registró la mayor crecida en su historia.
Después de una media hora de viaje, arribamos al Museo del Caucho, donde nos interiorizamos acerca de los trabajos en las plantaciones, así como de la forma de vida de la época. Supimos de excesos, como prender cigarros con billetes de cien dólares o la costumbre de enviar la ropa para que sea lavada en Portugal (un poco por excentricidad y otro poco por temor a las oscuras aguas del río Negro). También descubrimos la esclavitud pseudo encubierta de aquellos años, donde los obreros eran llevados a las plantaciones con falsas promesas de riqueza y la imposibilidad de huir de ese destino, al menos con vida. Y además, pudimos entender y vivenciar todo el proceso desde que se corta el Hevea Brasiliensis (también llamado seringueira o árvore da borracha) hasta que brota el látex blanco que, sometido al calor, permitía formar grandes bolas de caucho negro. Y claro, entender la decadencia de una sociedad a partir del fin del monopolio amazónico a manos de Malasia y la caída del precio mundial del caucho.
La excursión continuó y unos minutos después nos dejaba en manos de los aborígenes. Por supuesto no hubo nada que temer, sino todo lo contrario. Nos recibió el cacique de una comunidad que se abre al público para mostrar sus rituales y costumbres. Se trata de una de las 42 tribus reconocidas y censadas, a diferencia de otras que se conoce su existencia pero se mantienen aisladas y vírgenes en la Amazonia profunda.
Dentro de una gran choza, un grupo de aproximadamente treinta integrantes conformado por hombres, mujeres y niños, con el torso desnudo y las caras pintadas, nos abrió las puertas a una cultura distinta basada en la conexión con la naturaleza. Los aborígenes nos enseñaron su ritual de danza y hasta nos hicieron partícipes del mismo. La visita fue breve, pero enriquecedora. Nos embarcamos nuevamente, no sin antes probar las hormigas coloradas tostadas que gentilmente nos convidaron.
El mediodía nos sorprendió y el almuerzo buffet en un clásico restaurante sobre el agua, nos acercó a sabores típicos de esta zona de Brasil. Por supuesto, no faltó el pescado en el menú, un clásico de Manaos. Con el estómago lleno y las energías recuperadas, continuamos la travesía en busca de aquello de lo que tanto nos habían hablado: la confluencia de las aguas de los ríos Negro y Solimões (Amazonas). El espectáculo es verdaderamente fascinante y único: por diferencia de densidad, temperatura y velocidad de las aguas, estos dos ríos no se mezclan, sino que muestran un claro límite entre uno y otro a lo largo de más de 15 kilómetros. ¡Inolvidable!

Entrando a la Amazonia
Lo de gran pulmón del planeta en referencia a la Amazonia brasileña no es exagerado, la exuberancia es enorme y la biodiversidad, única. Nuestro objetivo era sentir la naturaleza, vivirla de cerca y para eso, nos dirigimos al Mirante do Gavião, un resort ecológico enclavado en el municipio de Novo Airão, a 200 km de Manaos, sobre la ribera del río Negro. En medio de lluvias que menguaron por la tarde, tomamos la ruta e hicimos una única parada técnica que nos permitió probar algunas de las futas de la región como el Inga o el Biribá, de sabores extraños pero dulces. En referencia a las mencionadas lluvias, podemos decir que son típicas de la región, así como el calor y la humedad. No así los mosquitos que, para nuestra sorpresa, no los había en la magnitud esperada (dicen que es por el ph del agua del río Negro).
Casi llegando a destino hicimos un stop en “A flor du luar”, un restaurante flotante que es todo un clásico de la zona, al que se accede por apenas un endeble tablón de madera. Debemos reconocer que el lugar hace honor a su nombre, ya que prepara unos exquisitos pescados como el pirarucú o el tunuraré y unos bolinhos de tapioca y queso con salsa que quedarán en nuestra memoria. Desde luego acompañamos los platos con sendas caipirinhas de lima y maracujá, por lo que el almuerzo resultó sumamente gratificante.
De allí nos dirigimos a otro de los imperdibles de la Amazonia: el encuentro con los famosos delfines rosados (Inia geoffrensis) en el flutuante Boto Cor-de-rosa (flotante delfín color rosa) de Marilda Medeiros, que se presenta como encantadora de estos animales. Después de una breve charla introductoria, pudimos ver como alimentaban con pirañas a estos fantásticos animales que nacen con su piel gris, pero la van cambiando hacia la adultez, producto del desgaste de la misma en su frecuente nado entre los manglares. Estos animales son un poco menos agraciados que sus parientes marinos, pero no por eso menos llamativos y cautivantes.

Mirante do Gavião Resort Hotel
Sin dudas, el Mirante do Gavião (Mirador del Gavilán) merece un párrafo aparte. Este resort ecológico sorprende con su perfecta arquitectura en madera (con forma de casco de barco), totalmente integrada a la naturaleza, permitiendo disfrutarla de múltiples formas durante la estadía.
Vale aclarar que el poblado de Novo Airão se caracteriza por la construcción de embarcaciones, por lo que no fue difícil encontrar la inspiración al momento de diseñar y construir el hotel, que debe su nombre a un mirador frecuentado por gavilanes, al que se accede por una escalera caracol no apta para cardíacos.
El hotel tiene tan sólo siete habitaciones enclavadas en la frondosa vegetación, que se destacan por su comodidad, una exquisita decoración y terrazas para disfrutar de una tarde apacible y vistas privilegiadas del río Negro y el Archipiélago de Anavilhanas.
Desde el Mirante se realizan excursiones incluidas en los paquetes de estadía y programas de navegación de 4 a 8 días, en embarcaciones propias donde destacan el lujo y la gastronomía, además de un acercamiento más intuitivo a la naturaleza. Nosotros estaríamos tan sólo dos días, por lo que nos dedicamos a disfrutar de la pileta y los kayak, el SUP y las aguas cálidas del río Negro.

Naturaleza en estado puro
Anavilhanas es el mayor archipiélago de agua dulce del mundo, con cerca de 400 islas, centenares de lagos y ríos y una riqueza animal y vegetal enorme. Durante nuestra estadía tuvimos la oportunidad de vivir dos experiencias bien disímiles, ya que recorrimos los manglares de día y de noche.
El recorrido diurno incluyó una visita a la Comunidad de Sobrado, donde residen los Caboclos (mezcla de indígenas con blancos) que viven en armonía con la naturaleza. Pero la parte más emocionante fue adentrarnos en la selva para ir identificando especies de árboles nativos y conocer sus propiedades en un recorrido que tuvo mucho de aprendizaje y supervivencia, identificando las plantas y conociendo sus propiedades, encendiendo fuego con apenas un chispazo o usando el ácido de las hormigas como repelente de mosquitos. La observación de aves, insectos, monos y otros animales, a veces mimetizados con la vegetación, también fue parte de una emocionante caminata de cerca de dos horas.
Por la noche la experiencia fue mágica o profunda. Navegar entre los manglares, con los sonidos de la selva y la oscuridad acechándonos, en busca de los ojos brillosos que determinen la presencia de algún yacaré, dotaba a la jornada de una adrenalina especial. El ruido del motor y el resplandor proyectado por la luz parecían nuestro único contacto con la civilización y el conductor (quien debía devolvernos a buen puerto) era quien descendía y comenzaba a caminar con el agua a la altura de las rodillas, en ese caldo habitado por reptiles. Afortunadamente, sabía lo que hacía y pudimos apreciar bien de cerca (los tocamos, o sea que demasiado cerca) dos ejemplares de yacaré: una cría y un adulto de aproximadamente 1,50 m. Con la misión cumplida, regresamos al hotel para disfrutar de la exquisita cena y comentar las experiencias de lo que para todos fue un inol­vidable encuentro con la Amazonia.

Directo a Manaos Gol – Linhas Aéreas Inteligentes comenzó a operar el 4 de febrero de este año el vuelo directo que une Buenos Aires con la ciudad amazónica. Por ahora la frecuencia es de un vuelo semanal (se prevé sumar más), partiendo de Manaos los días sábado a las 15:35 y regresando desde Ezeiza a las 23:15. El vuelo se realiza en aviones Boeing 737-800 y tiene tan sólo 5 horas de duración. www.voegol.com.br/es

www.visitbrasil.com/es/

De bares: Florería Atlantico

En Retiro, donde a principios del siglo pasado llegaban miles de inmigrantes de distintos países de Europa, el bar Atlántico rinde tributo a una época y se posiciona como uno de los mejores bares del mundo.

Faltan apenas unos minutos para las 19 hs. y un grupito de personas se agolpa a la espera de la apertura del local. Lo que para el transeúnte desprevenido puede ser algo incomprensible, ya que nos encontramos a las puertas de una florería cerrada, para nosotros (los que allí esperamos) es una escena vivida o, al menos, conocida por alguna palabra amiga o nota periodística. Y es que ese espacio con cierto aire minimalista, con flores y botellas de vino expuestas para la venta, esconde un secreto no tan secreto que se devela cada noche, a la hora señalada (días hábiles a las 19 y sábados, domingos y feriados a las 20).

La puerta se abre y el perfume de las flores se apodera del olfato mientras nos dirigimos hacia la otra puerta, la que simula una cámara frigorífica y que, en cierto modo, nos brinda la sensación de estar viviendo una situación típica de película de espionaje. Detrás de ella, una escalera hacia el sótano no sólo nos conduce al bar, sino que nos transporta a otra época, a principios del siglo pasado, a tiempos de inmigrantes. Ese es el espíritu de Florería Atlántico, el bar ubicado en la calle Arroyo 872, creado hace apenas tres años por Renato “Tato” Giovannoni y Aline Vargas.

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Florería Atlántico no es un bar más. Lo más sencillo para aseve­rarlo es indicar que durante dos años consecutivos (2013 y 2014) fue seleccionado entre los “50 mejores bares del mundo” y el “Nº 1 en Latinoamérica y Caribe” por la revista Drinks International, donde votan referentes de la industria gastronómica de todo el mundo. Pero son muchas más las razones que lo convierten en una visita obligada en Buenos Aires para los amantes del buen beber y comer. Entre e­llas,­­­ se destaca el hecho del concepto “bar argentino de inmigrantes” que dio origen a una decoración particular, a las paredes dibujadas con animales mitológicos –obra de Tato-, a la parrilla a la vista –algo argentino y bien de antaño, cuando se cocinaba a las brasas-, al aire marino que respiraron todos aquellos que se aventuraban al mar rumbo a América y que se traduce en una carta de platos donde priman los pescados y frutos de mar.

Como no puede ser de otra manera, en este bar donde todo está pensado hasta el mínimo detalle, la carta de tragos está dividida en las corrientes migratorias de los años 20. Italia con sus aperitivos, spritz, café nero y hasta una panna cotta líquida; Inglaterra con sus tragos a base de whisky y gin; y así pasan Francia, Polonia, España, hasta llegar a los criollos (una fusión de ambos mundos). Los clericós también tienen su lugar y son reivindicados en esta carta preparada por un equipo liderado por Sebastián Atienza, reconocido barten­der, jefe de barra y encargado que ocupa hoy el lugar de su colega y amigo Tato, quien actualmente prepara el desembarco de Florería Atlántico en Rio de Janeiro.

Hace falta más de una visita para abarcar la carta y probar los 40 sabores que se renuevan cada cinco o seis meses y sorprenden por sus combinaciones y creatividad. La próxima promete, entre otras cosas, una granita de Cynar con menta y frutilla o pochoclo de Campari con naranja. Por supuesto, no faltan los “clásicos” al gusto del comensal o según la versión atlántica. Entre estos últimos, se destaca el Gin tonic preparado por Ivo Chiodo (otro de los bartender), ya que si algo le fal­taba a este lugar era tener sus propios productos, como el agua tónica y el ginger ale Pulpo Blanco o el gin Príncipe de los Apóstoles. Este último, el primer gin argentino hecho con yerba mate, eucalipto, peperina y pomelo rosado, se aleja de las notas típicas invernales de las bayas de Enebro que distinguen a los gins británicos y tiene una graduación alcohólica un tanto menor, lo que se traduce en un gin tonic fresco e ideal para los no-amantes de este clásico (se recomienda probarlo). Y si se quiere vivir la experiencia completa, los tragos se pueden acompañar con alguna de las exquisitas recetas de Sergio Caro, el chef de este bar, que sorprende con la pesca del día, el pulpo a la plancha o el pejerrey al escabeche, todos ellos realizados con productos de pri­merísima calidad y verduras orgánicas.

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Entre tanto despliegue, la noche avanza, la barra se colma y los 80 asientos disponibles obligan a la reserva previa (48 horas) si lo que se quiere es estar sentado a la mesa. Este último es un detalle a tener en cuenta para disfrutar de una experiencia única y ese aire místico que se respira en este, uno de los mejores bares del mundo, y que el poe­ta y amigo de la casa Martín Auzmendi sintetiza en estas palabras: “Ellos pasaron a ser Buenos Aires y Buenos Aires nunca más dejó de ser parte de ellos. En esa ciudad frágil y voluptuosa los bares fueron puertos en el puerto, muelles donde saciar la sed, noches donde ponerle palabras a la historia, vasos donde mezclar las bebidas que cruzaban el Atlántico”.

Iguazú y una aventura signada por la dualidad

Viajamos a Misiones, al encuentro con las Cataratas y todas las bellezas de esta región que, a esta altura del año, afloran con todo su esplendor.

Por Esteban Goldammer / @gauchods

A las 10pm de un martes me informan “mañana 11:45 salís para Iguazú”. Esa premura y el sosiego que experimentara al día siguien­te, apenas unos minutos después de mi arri­bo al aeropuerto de la ciudad misionera, serían el preámbulo de un viaje signado por la dualidad, por experiencias y sensaciones contrapuestas que irían incluso más allá del destino en particular, alcanzando lo más profundo de mi ser. Debo apuntar que esta fue mi segunda visita a Iguazú. Sí, como mencioné, el número dos estaría presente más de una vez a lo largo del viaje.
Algo menos de dos horas de vuelo es lo que se tarda en llegar desde Buenos Aires, en cambiar el gris distintivo de la gran ciudad para arribar a un verde conformado por tantos verdes que impacta. Con mi auto de alquiler, que aguardaba en el aeropuerto gracias a la gentileza de Argentina Rental Car, comencé a recorrer el camino hacia Puerto Argentino y a dejarme cautivar por los colores: al de la vegetación se sumó luego el de la tierra roja (producto del óxido de hierro). Con el aire acondicionado del vehículo a full (la temperatura afuera era de 37 grados), casi sin darme cuenta, empecé a disfrutar de la paz del lugar. Los llamativos carteles de precaución con siluetas de animales como el coatí, el venado o el tapir, sumados a la advertencia en cuanto a la velocidad máxima, contribuyeron a la cuestión. Así, de pronto, me encontraba en sintonía con el lugar, transitando sereno por la ruta que subía y bajaba, acompañando el desnivel del suelo.

Dos hoteles, dos estilos, para alojarse de una manera increíble
Casualmente, durante la estadía de apenas tres días debía alojarme en dos hoteles. El primero fue el Iguazú Grand Resort Spa & Casino que me recibió con algo tan preciado como un refrescante vaso de agua helada, saborizada con trozos de manzana y cítricos (después descubriría que es casi una tradición en los hoteles de la zona). Este hotel, uno de los emblemas de Iguazú, fue inaugurado en 1998 y desde entonces ha sido remodelado en varias oportunidades, permitiéndole sumar suites, renovar el casino, construir el Spa del Paraíso y Playland (sector de recreación para niños y adolescentes) y mucho más, para convertirse en el resort más lujoso de la zona.

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El Iguazú Grand combina a la perfección elegancia, confort y entretenimiento, tanto para grandes como para chicos. Casi dan ganas de volver a ser niño para divertirse no sólo en su amplia pileta en tres niveles, sino también en el minigolf, la cancha de fútbol, el ajedrez gigante y hasta una pared de escalada. Los adultos pueden disfrutar obviamente del casino, pero también de los programas de spa, salón de belleza permanente, la excelente gastronomía de La Terraza (se destaca por sus carnes asadas) y el restaurante El Jardín que, con un estilo más gourmet, combina la clásica cocina europea con exquisitos sabores regionales.

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Muy cerca de allí, pero casi en otro mundo, la siguiente parada en materia de alojamiento: el Mercure Iguazú Hotel Iru. Este flamante hotel (apenas tiene un año) se encuentra ubicado dentro de la reserva de la selva Iryapú, a la cual buscó integrase desde su concepción. Su construcción con forma de arácnido (vista de arriba) tuvo como premisa el respeto por la vida silvestre, su vegetación y su fauna e incluye 100 habitaciones con balcón y magníficas vistas hacia la selva y la piscina. Hospedado allí, uno no puede dejar de sentirse parte de la naturaleza y la advertencia de mantener el mosquitero cerrado para evitar el ingreso de animales (mosquitos hay, pero están lejos de ser lo que son en Buenos Aires) no hace más que confirmar que se está inmerso en la misma. Allí los sonidos, el aire, todo, ofrece una nueva perspectiva; una simple lluvia puede significar una oleada fresca de aromas, entre los que se distingue claramente el de la tierra.
El hotel en sí derrocha modernidad, confort y detalles que buscan ofrecer una experiencia de relax permanente. En ese ambiente, disfrutar de un trago al lado de la piscina o una buena cena en el restaurante, que combina gastronomía internacional con notas de sabores regionales, pueden ser un verdadero lujo.

Cataratas del Iguazú
Un viaje a Iguazú conlleva un sinnúmero de posibilidades en lo que refiere a excursiones y actividades. Si bien la tentación de disfrutar plenamente de los hoteles estaba presente, era aún mayor la de experimentar las emociones que propone este destino único, que incluye una de las 7 maravillas naturales del mundo: las Cataratas del Iguazú.
Las cataratas forman parte del Parque Nacional Iguazú, creado en 1934 y declarado Patrimonio Natural de la Humanidad (UNESCO) en 1984. Sus casi 67 mil hectáreas atesoran increíbles paisajes y una biodiversidad como pocas en el mundo: 430 especies de aves, 70 mamíferos, 1.000 especies de plantas determinadas (se calcula otro millar sin clasificar). Por supuesto que una visita de un día no permitirá apreciar esto en su totalidad, pero sí otorga una inmensa bocanada de aire fresco a cualquier rutina citadina. Y la mía no sería la excepción. Así y todo, en lo que a fauna refiere, pude apreciar los coatíes (es común verlos deambulando en las zonas gastronómicas del parque, intentando rescatar algo de alimento), monos, aves, lagartijas y algo que fue recurrente en mi breve estadía: mariposas, de todos los tamaños, formas y colores. Observar a todos estos animales en su ambiente natural y en un espacio preservado, llena cuando menos de orgullo y emoción.
Sin dudas, el gran atractivo de la zona son las cataratas. Ese inmenso caudal de agua que transporta el río Iguazú (“agua grande”, en guaraní) tiene su origen en la Serra do Mar (Brasil) y recorre 1.320 kilómetros para de­sembocar, previa caída de 70 metros, en el río Paraná y fascinar diariamente a miles de turistas de todas partes del mundo. Como todos allí, me dispuse a abordarlas. Antes que nada es importante destacar que es recomen­dable ir temprano, descansado; se camina y mucho. Asimismo, si se trata de un día de altas temperaturas y sol, llevar gorro, hidratarse permanentemente (en el parque hay kioscos para comprar bebidas y canillas con agua potable) y no olvidar la protección solar.

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Apenas ingresado al parque y, casi instintivamente (los senderos y la marea humana me arrastraron), me dirigí al Tren de las Cataratas, un pintoresco trencito a gas que sale cada 30 minutos para recorrer los 3,6 kilómetros desde la Estación Central hasta las estaciones Cataratas y Garganta. Apenas arribé a la primera parada, la dualidad se presentó ante mí nuevamente: Paseo Superior y Paseo Inferior, dos formas muy distintas de experimentar las cataratas. El primero es un recorrido de 650 metros que finaliza en el salto Guardaparque Bernabé Mendez y tiene como particularidad que uno observa los saltos desde arriba, viendo como el agua se va abriendo paso entre piedras y troncos para entregarse finalmente a la caída. A medida que se avanza por el sendero (muy bien señalizado, como todo el parque en general), el visitante puede obte­ner distintas panorámicas; es prácticamente imposible contener el impulso de fotografiar aquellos paisajes que, en días soleados, regalan un sinfín de arcoíris a lo largo de la jornada. Los saltos Adán y Eva y Bossetti forman parte de este recorrido junto a los saltos Chico y Dos Hermanas, que se aprecian mejor desde el Paseo Inferior. Este último circuito tiene un recorrido de 1.400 metros (2 horas) y la particularidad de que uno vivencia los saltos mencionados además del Alvar Nuñez y el Lanusse. Vivenciarlos significa escuchar el murmullo del río, percibir la espuma de cerca y hasta adentrarse en la caída de agua para sentir las gotitas o dejarse empapar, dependiendo de qué tan cerca se acceda en la pasarela y el tiempo de permanencia en la misma.
El Paseo Inferior es más sombreado, por lo que puede ser conveniente dejarlo para el mediodía o tarde. Desde allí se accede a las excursiones náuticas (con tarifas adicionales a la entrada al parque): la que cruza al visitante a la isla San Martín para realizar un recorrido agreste de 700 metros (2 horas y alto grado de dificultad) y la que permite la aproximación a los saltos argentinos más importantes y proporciona un inolvidable “bautismo” en las caídas de agua, además de la vista de los saltos brasileños.
Una visita al viejo hotel Cataratas, que data del año 1948, y a la exposición fotográfica que, entre otras cosas permite recordar la gran sequía del año ´78, completaron mi recorrido. De allí me dirigí nuevamente al trencito con destino a “Garganta”, caminé los mil cien una cosa: hubiera descendido veinte veces.
Y ahí no terminó la cosa, porque el rappel húmedo fue la siguiente parada. Pensar que sería lo mismo o acaso similar, fue un error. La emoción de este tipo de descensos se ve sobredimensionada por el agua. Entre risas incontenibles a medida que nos empapábamos, fuimos uno a uno bajando a través de la catarata.
Apenas un rato después, completamente mojados, iniciamos la caminata a través de la selva que nos conduciría de vuelta a los vehículos y al canopy. En el camino, nuevamente el placer de disfrutar de la abundante vegetación y el fresco que proporcionan las plantas en relación a las zonas despejadas del monte. Las orquídeas amarillas (Miltonia, su nombre científico) sobre los troncos y la cantidad de helechos sorprenden tanto como descubrir que hay un árbol comestible: el yacaratiá, una especie ya conocida por los guaraníes, que utilizaban su madera como recurso de supervivencia en la selva. Hoy se valoran sus fibras y minerales para la confección de confituras (las golosinas de madera) y dulces, que me encargué de buscar en Puerto Iguazú antes de mi regreso a Buenos Aires.
De repente, nos encontramos frente a un árbol de unos 50 metros, con una gran esca­lera y una estructura (a 25 metros del suelo aproximadamente) desde donde iniciaríamos un descenso de 600 metros en tirolesa, sólo interrumpido por dos paradas intermedias. A través de árboles y plantas, sujetos a la polea y con todos los elementos de seguridad necesarios, todos los integrantes de la excursión recorrimos la distancia que nos separaba del final del trayecto. Sin dudas, una experiencia para vivir también más de una vez.

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Tres fronteras y un catamarán
Después de tanta actividad, venía bien un momento de relax y vivir un momento placentero. Desde la zona del puerto, tomé la excursión que bajo el slogan “Tres naciones, dos ríos, un lugar” propone Cruceros Iguazú. Durante algo más de una hora y media, con guía a bordo, servicio de bar y un show de música en vivo, navegamos primero por el río Iguazú hasta el puente internacional Tancredo Neves, que une nuestro país con Brasil, y luego por el río Paraná. En la confluencia de ambos ríos y bajo el sol del atar­decer se puede disfrutar de la vista única que proponen las tres costas: Argentina, Brasil y Paraguay, incluida la postal del Hito Tres Fronteras desde el agua. De a poco, la noche fue cayendo y el jolgorio en el interior del catamarán despertó mi curiosidad. Me acomodé en una de las mesas y ya con un trago y algo de comer a mano, me dispuse a disfrutar del show. Un tecladista y un cantante arengaron e hicieron cantar y bailar a visitantes de diferentes edades y nacionalidades. El clima de fiesta y diversión sólo se vio interrumpido por la llegada al puerto. Sin dudas, un paseo distinto.

Un capítulo aparte: la comunidad indígena Yasy Porá
El día amaneció con lluvia, por lo que los planes se vieron modificados repentinamente. Una visita a la comunidad indígena que se encontraba cerca del hotel resultó ideal para ese día, aunque más tarde descubriría que hubiera sido mejor con condiciones climáticas más benignas, que me permitieran adentrarme en la vida de esa gente (el barro lo imposibilitó).
Vale aclarar que son varias las tribus asentadas en una porción de 600 hectáreas cedidas por el gobierno (aunque en la realidad usufructúen 300 hectáreas), pero Yasy Porá, según me informaron, es la que más pura y fiel a sus costumbres se mantiene.
Apenas estacioné el auto frente a esa especie de quincho con techo de fibra de vi­drio que lo teñía todo de verde, me recibió un panorama contrastante con el “cinco estrellas” que acababa de dejar hacía unos minutos; algo desolador, tal vez acentuado por la misma lluvia. Allí atendían dos mujeres, mientras un par de niños y un perro correteaban alrededor de las mesas que contenían las artesanías, la base del sustento de las trein­ta y cinco familias que conforman la tribu al mando del cacique Roberto Moreira, a quien tendría el placer de co­nocer más tarde. Más allá, una choza de troncos y barro y un par de casas de madera y techos de chapa que evidenciaban, por un lado, cierta precariedad y por el otro, la ayuda que reciben estos descendientes de los habitantes originarios de esta zona: los guaraníes.
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Nos recibió Hermes, un joven que al ratito nomás nos presentó a Lidio Martínez, la mano derecha del cacique y quien, junto a este, mantiene contacto con ONU Redd, el programa de colaboración de las Naciones Unidas para la reducción de emisiones de la deforestación y la degradación de bosques en los países en desarrollo. Unos minutos después apareció ante mí Roberto, delgado, 40 años, con la tez curtida y una remera con la leyenda “Aujevete” –Saludo- “Nos entusiasma que consideres caminar con nosotros para que nos reconozcas y lleves nuestro mensaje al mundo que nos rodea”. No caminamos, nos dirigimos al costado, a una chocita abier­ta donde me senté; el cacique se acuclilló ante mí y se mantuvo prácticamente en esa posición durante gran parte de la charla.
jer y sus siete hijos, y volver a la selva. “Sentí que tenía que dejarlo todo, no lo podía explicar, quería volver al principio”, argumentaba con los ojos entre lágrimas… tenía luz, agua, heladera y dejé todo para encontrar mi ser. Descubrí que con un poco de la naturaleza tenés todo”. Así, casi involuntariamente se convirtió en cacique. ”No quería ser cacique, no me gusta imponerme y siempre pensé que eso debía hacer un líder, pero descubrí que no. Hoy pregunto continuamente si estoy haciendo las cosas bien, lo tengo a Lidio que me aconseja y le doy a las 142 personas que viven en la comunidad la libertad de hacer lo que sienten. Nunca un castigo, en lugar de eso hablamos.”
Conversamos un poco de las costumbres y Roberto señaló que tienen una escuela donada por el cantante argentino Semino Ro­ssi, a la que concurren los chicos, una maestra de la ciudad y un auxiliar local que mantiene vivas las tradiciones de la tribu. El Cheramoi
–abuelo- es el médico, “tiene contacto con la naturaleza, sabe todo sin ver”. A las cinco de la tarde, todos los días, se apagan los pocos televisores y radios que poseen porque “es el tiempo espiritual”. Se reúnen en el lugar especial y durante 3 o 4 horas los chamanes danzan, golpean el Tacuacú, escuchan el sonido de la tierra y fuman tabaco en pipas, ya que “ayuda a mantener la pureza del espíritu”.
Sorpresa me causó saber que Roberto había visitado Buenos Aires y más aún su definición de la gran ciudad: “Un desierto, asfixiante, no se sabe a dónde quiere ir la gente… están todos apurados; acá tenemos todo el tiempo”. Una definición que aún hoy, ya arribado en la gran ciudad, repiquetea en mi cabeza. El reflejo de dos sociedades contrapuestas que, como me dijera el sabio cacique de apenas 40 años, “buscan un equilibrio que no encuentran”­.